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         Nuestro viernes de Dolores

              No sabemos porqué este viernes se llama de Dolores. Seguramente los hacedores del cristianismo quisieron iniciar la semana santa con un canto a la Virgen, conmemorando el grito de dolor, que, se presume, sintió, como   primera damnificada por la tragedia del hijo. La virgen, prácticamente desconocida en los evangelios, tiene una gran preponderancia en las creencias religiosas del cristianismo, al considerarla intermediaria, y conseguidora de los favores que otorga un dios complaciente, con los que se cumplen los mandatos que el Vaticano, asegura, le han sido revelados.

                Este dolor de muerte, presentido en la celebración de los días venideros, han dotado a este Viernes, de la conmemoración de uno de los tremendos dolores, que puede afectarle a los humanos, la muerte del hijo.  Es curioso que los evangelios, no hayan magnificado el dolor de la madre, limitándose a situarla bajo la cruz, “yusta crucem lacrimosa, dum penjebat filio”, y, posteriormente, se la haya olvidado.

            Porque en esta tragedia que, al decir de los evangelios, desgarró los cielos, al emitir el último suspiro un dios hecho hombre, después de arrastrar una agonía sofocante, a través de la “vía crucis” – cuya expresión, ha determinado durante siglos, la definición de los males, – el dolor de la madre podía haberse exaltado, y haberla recompensado con un mayor protagonismo. Solo a mediados del siglo XIX, como dogma de fe, se decretó su subida a lo cielos en cuerpo y alma.

            Hoy, este Viernes, no señala el comienzo de una semana de dolor, en la que un hombre, proclamado hijo de dios, morirá en la cruz; será, más bien, un día más en la desventura que ataca la humanidad. No se habrán rasgado los cielos, quizás porque ya no existe tal concepto en el sufrimiento actual, o porque la cruz no se encuentra en el Gólgota, sino en la propia vida, en esas ciudades arrasadas por la ambición, poco comprensible, de sátrapas disfrazados de hombres de estado, discutiéndole a los pobres la posesión de la tierra, prometida en las bienaventuranzas; quizás porque la cruz la soportan niños soportando tanta miseria, como poco amor. O tal vez, la cruz, se encuentre en los miserables salarios, que nuestros gobernantes consideran adecuados a una vida, que sube al mismo ritmo que sus mentiras.

            Pero, ya que conmemoramos, este viernes, el dolor del sentimiento, debe quedarnos en el ánimo, que, a través de aquel Hombre y de la tragedia de la madre dolorida ante el espectáculo de verlo caminado con su cruz ensangrentada, se proclamó la esperanza de otra vida, y, con esta fe, o sin ella, disfrutemos de una primavera, que llenará de flores nuestros campos y el sonoro canto de los pájaros nos infundirá la alegría de vivir…  nosotros que podemos.

 

 

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