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   NAVIDAD

Está pasando el otoño sin que, apenas, me haya dado cuenta. No he salido de mi recinto, desde donde estiro la vista sobre la sierra de Tramontana y, a veces, sueño, a pesar de que sé, que, prácticamente, ninguno de los sueños se cumplirá; pero pasear por otros mundos de fantasía, es volar hacia un infinito de estrellas, que me iluminan la vida, y, con cierta frecuencia, me permiten charlar con esa luna de la que hablan los poetas.

Anochece temprano, y rápido, como si este otoño tardío, tuviera prisa por ver pasar los meses que sirven de transición a la primavera, explosión de amaneceres ilusionantes, de flores y de armonía, época en que se instala el verdadero triunfo de la vida.

Desde el despacho, sigo viendo pasar el tiempo, y   cuando miro al jardín, que se modifica al correr de los meses, me doy cuenta de que, en la periodicidad de sus movimientos, todo es estable. Los cipreses conservan su verdor, recios, desafiando el empuje de las frías noches, como eternos combatientes, cuyas largas puntas, señalan al infinito; o quizás apuntando a un espacio, donde siempre se ha situado el cielo, aunque nadie sabe, a ciencia cierta, donde se encuentra, ni siquiera si existe.

Este año, que empezará en breve, los políticos, de nuevo, llenarán de disputas, mentiras, medias verdades y demagogia, el deseo de felicidad que, con más o menos verdad, se desean los habitantes de este mundo, maltratado por el odio y la ambición.

En este mi apacible retiro, no hay ambiente de Navidad, salvo el comentario de las nietas, que han cogido el relevo, para la organización de la Noche Buena. Los empleados de las empresas celebran comidas de “compañerismo”; las familias se reúnen – y discuten - para celebrar los acontecimientos que la tradición exige, y los comercios hacen su Agosto en Diciembre.

Y el Niño, como símbolo de reinicio, volverá a nacer, cuando alumbre el año.

En estas fechas, se habla mucho de la religión, y, a veces, he oído hablar de la, mal llamada, guerra de religiones. Para mi, nunca han existido, porque cualquier religión, se supone que es la relación de los hombres con un dios justo, sencillo y misericordioso, que, dado que la ciencia desconoce la forma en que se creó el universo, es posible que exista. Pero, los dioses, en cuya defensa se promueven las guerras, no existen, están creados por interesados deseos de falsos profetas, que predican, como cierto, lo que desconocen. Ponen en boca, cada uno de su dios, lo que les interesa, en beneficio propio, o al menos, del predicamento que acepta su gente.

Atraen, los musulmanes, a jóvenes combatientes, con el señuelo de que alcanzarán la gloria con el martirio, o, los católicos, el cielo, con su eterna Felicidad, o, los judíos, esperando un Mesías salvador, y tantas otras religiones, prometiéndoles gozosos paraísos, otorgados por sus respectivos dioses, que, si existieran, no les otorgarían beneficio alguno, al contrario,  se sentirían espantados  de que en su nombre,  se desencadene tanto odio, tanta miseria, tanta crueldad, esparcida por naciones que se consideran civilizadas, y tantos rincones de ellas,  donde ni, siquiera, existe  la esperanza.

Sabemos que las guerras nunca terminarán; que siempre, en algún lugar del mundo, el ruido de los cañones alterará la paz.  Pero, al menos, espero que disfrutéis de esa paz interior, a veces desconocida, que es la base de la felicidad.

 

¡Felicidad que, de corazón, os deseo a todos!.

 

 

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