Escritos en Alaró

Martes 2

Martes, Santo

             La llegada a Jerusalén, fue un triunfo; la organización funcionó, y el recibimiento, con los niños agitando las palmas, como saludo de bienvenida a un mundo por descubrir, no fue  indicativo de la tragedia que se avecinaba, aunque nada sabemos si detrás de tan excelente escaparate, el Cristo, del que no se tienen noticias de lo ocurrido durante el resto de día, organizaba, con su equipo,  la estrategia a desplegar en unos días tan importantes para su revolución; revolución que después de miles de años, se ha vuelto divina.

            El lunes la reunión fue un revulsivo dada la noticia de la traición que se avecinaba.

            El martes, amaneció, con ilusionada esperanza. Los discípulos, desplegaron su actividad, sembrando la semilla cuyo fruto ha sobrepasado, en mucho, las expectativas más apasionadas. No sabemos como estaban organizados para llevar su “buena nueva” a las masas; seguramente, aprovechando los corrillos propios de tales fiestas, intervenían en los temas que se estuvieran tratando, orientando las conversaciones para que recayeran en las virtudes del Cristo, sus promesas y sus milagros; su sentido de la justicia, su capacidad para saciar el hambre del Pueblo, como demostró en el Monte Sinaí, alimentando a cinco mil personas, con, apenas, una canasta de pan y algún pescado; o de su preparación para dirigir al pueblo judío, cuando su revolución triunfara y fueran arrojados los romanos de sus Instituciones.

             Se entregarían, sin duda, a la publicidad de la causa que, ya, formaba parte de sus vidas. Cuando Jesús le dice a Pedro, igual que a los Apóstoles – hoy se llamaría Equipo de Campaña, – “ven y ´sígueme”, están empezando a organizar la rebelión de las ideas. Pero sabemos – por sus actos los conoceréis – que su actividad no debió ser, del todo, pacífica, por la forma en que actuó el Maestro.

             El Cristo, repartidas las consignas para la actividad del día, se trasladó a la Sinagoga a decir las oraciones de la mañana, y a encontrarse con ese Padre, al que, el Viernes próximo, se supone que, en arameo, le recriminará su abandono. (¿Elí, Elí, lemá sabakhtháni?).  Pero, no encuentra las diez personas que necesita para sus rezos, si no un verdadero mercado, en el que se vendían aves y  animales, así como puestos en los que se realizaba el cambio de  monedas, haciendo un alboroto impropio del lugar. Por ello, fabricó un látigo de cuerdas para expulsar a los cambistas, ejercientes de la usura, que, con la prostitución, es el oficio más antiguo de este mundo, esparciendo las monedas y derrumbando sus mesas: “No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de comercio”

            Librada esta primera batalla, que sin duda, alertó al Sanedrín, se trasladó a la Betania, a la casa de la familia de Lázaro, al que, en su momento, resucitó; allí se encuentra María Magdalena, quién como apoyo al descanso del guerrero, destapa un perfume de nardo, muy caro, y, mientras Marta prepara la cena, se lo derrama por su extensa cabellera, y alivia los pies del divino caminante,  en un gesto de amor inexplicado, pero, seguramente, erótico,  que demuestra la relación que la une al Maestro.

               Relación que puede confirmarse, viéndola al pie de la cruz, como una, de las dos mujeres, existentes en los evangelios, y, de cuya narración desapareció, quizás por la vergonzante idea que tiene la Iglesia con esta clase de relaciones, que ha hecho, y sigue haciendo, un gran daño a los católicos practicantes pobres, seguidores de la doctrina que impone el Vaticano.

 

 

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