La Danza de las Musas XIV

El Contrato VI                                   

El capataz aún dormía cuando Clemente salió hacia su pueblo. Los padres se sorprendieron, porque no lo esperaban, y cuando les dijo que no pasaba nada malo, que venía a visitarlos, la madre no dejaba de abrazarlo, mientras el padre permanecía silencioso, con la mirada fija en la escena, saltándoseles las lágrimas, aunque para disimularlas, pues le daba vergüenza mostrar su emoción, aparentaba estar bostezando.
Pasados los primeros momentos, Clemente les contó su experiencia en la vendimia, que había ganado una buena soldada, de la que traía una parte para que se la quedaran, porque el invierno solía ser duro. Que tenía un trabajo fijo, y, además, le pagaban los estudios, por lo que podría ahorrar casi todo lo que ganara. Nada les hubiera hecho más felices que lo que les acababa de contar. Durante toda la tarde no dejaron de hacerle preguntas. La madre, sobre todo, una y otra vez, porque, aunque le volviera a contar lo mismo, ponía la misma cara de alegría que si fuera la primera vez que se lo contaba. Pero la satisfacción más grande era saber que iba a estudiar, y, además, en un idioma extranjero. Después vinieron los comentarios sobre la seriedad del patrón, si podía fiarse de él, porque, en aquellas tierras, seguramente la gente no era buena. Para tranquilizarlos, Clemente les contaba la historia de la familia, su ascendencia española y poco más, porque era casi lo único que sabía. Bueno, que tenían dos hijas, que una era abogada y la otra había estudiado en el mismo colegio en que iba a estudiar él, por lo que, con seguridad, era muy bueno.
El día siguiente, lo pasó Clemente prácticamente en casa, a donde fueron viniendo todos los amigos, los familiares, los vecinos y otros muchos curiosos, que, sin una gran relación, querían enterarse de las novedades que había traído, y de lo mucho que, decían, iba a ganar. Así que al final del día estaba cansado de repetir la historia, y hasta de hablar, y si no hubiera sido por lo que disfrutaba su madre contando y haciéndoselo contar, una y otra vez, no hubiera aguantado semejante esfuerzo. En cuanto pudo, con la disculpa de que tenía que madrugar para volver a Francia, cuyo nombre, dicho con énfasis, impuso respeto, se zafó de tanto curioso y cenó tranquilo con sus padres. Al día siguiente se marchó hacia lo que sería su nueva vida, sin saber el tiempo que tardaría en volver.

 Sigue en "Alaró domingo"

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