La Danza de las Musas XIII

El Contrato V                                   

Cenaron, y, al caer la medianoche, se trasladaron a un tablado famoso al lado de la plaza de Santa Ana, pidieron vino y se dispusieron a ver el espectáculo. En la sala, el ambiente estaba cargado. La mezcla de humo y el reflejo de las luces le daba un claror tenue y especial. Las paredes, pintadas de indefinibles tonos, estaban llenas de fotografías de políticos, de antiguos divos de la canción o personalidades que hubieran destacado en los diversos estilos del cante o del baile. Las mesas, de hierro negro entrelazado, se coronaban con piezas redondas de mármol, sin mantel alguno, y servían de sostén a largos vasos de whisky, que había sustituido, increíblemente, a los nobles jereces que antaño crearon el ambiente en multitud de eternas y farragosas noches flamencas. El tablado era pequeño. Apenas unos metros cuadrados de madera, empujaban una media circunferencia hacia el público. El fondo lo cerraban algunas cortinas, salvo una puerta pequeña por la que, en su momento, desfilarían los artistas.

El ambiente se iba formando con aumento del humo y tenues conversaciones, hasta que empezaron a salir los guitarristas y las palmas lo caldearon. Lento empezó a surgir el lamento de la guitarra. Los bordones dejaban caer el contrapunto de la melodía, mientras los hombres arqueaban la pierna con la puntera en el suelo, definiendo la postura estilizada del comienzo de la danza. Las mujeres —brazos en alto, con las palmas vueltas hacia dentro, las castañuelas aireadas para su alegre repique— daban a la escena una gran belleza plástica. Un lamento de bronca garganta llenó la sala, y activó el movimiento del conjunto, mientras las pieles se tensaban al conjuro del cante, y se quebró la armonía, que se recompuso cuando se aunaron el corazón y la mente. Nadie sabe cómo, pero el desgarro de la melodía alienta una parte del alma, que se dobla sobre sí misma para poder recoger el embrujo del momento.

Tras un corto silencio, las palmas «sordas» animaron la figura esbelta del bailaor. Desplegaba sus brazos al aire y el cuerpo adquiría la rusticidad serena que se duerme, movimiento a movimiento, sobre la retina del espectador, entregado por completo al ritmo del cante. De repente, giraba sobre sí mismo, se elevaba, los músculos tensos, la figura compuesta, expresando, en ese otro mundo, la gracia de un diseño que termina con el repiqueteo de los tacones sobre la madera del escenario. Sentadas en semicírculo, gitanas, jaleando a los bailaores, excitaban con sus requiebros el ambiente, rebosante de mantones teñidos de roja esperanza, cuyos flecos se bordaron al amparo del sortilegio de las guitarras. Una a una, salían al escenario. Alguna movía armónicamente el cuerpo, dejando entre las fintas las huellas de un arte que se dirige, sobre todo, a los iniciados. Estiraban la figura hasta que los brazos distendían el cuerpo. Las posturas del ritmo atraían el deseo de las mentes, desencadenando en los cuerpos una extraña excitación que iniciaba la juerga. El vino y la cadencia del cante ayudaban a tan eufórico momento. A partir de ahí, la mente recorría los campos de amapolas, sobre los que estalla la línea quebrada del rayo. Los piropos rasgaban los tules rosados del quejido, hasta estremecer la espesa niebla del tablado. Los oles susurraban gritos de aliento, que rompían la forma combada del techo, hasta que las estrellas entretejían enormes guirnaldas de rojinegros amores, y las palmas saturaban de rabia serena la entrega del alma. Ya nada seguía sus cauces normales, porque el duende del cante se trasmitía y abría caminos de plata hacia el eco, que, en sus idas y venidas, discurría en la oscuridad de la noche, sobre heridos deseos de potro salvaje. Cuando el alba rasgaba los negros crespones, las fuerzas decaían, y los hados acunaban las mentes adormecidas. La cadencia se hundía bajo campos de espigas, inclinadas por los vientos de la fatiga y, cuando de nuevo comenzaba el rasgueo de la guitarra, el aire transmitía ilusiones, y mariposas de colores aleteaban entre los vasos.

Cuando terminó, Clemente parecía alucinado, la mañana temblaba, ahíta de ardor y de vino, y la juerga se durmió sobre cunetas de espinosas zarzas, que siempre recordaría.

 Sigue en "Alaró domingo"

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