La Danza de las Musas

El Contrato III                                   

Clemente no cabía en sí de gozo. No había contestado en el acto porque era lento cuando se trataba de decidir, pero estaba seguro de que le había tocado la lotería en la persona del patrón. Había encontrado el sitio que reunía las condiciones que buscaba. Le había ofrecido la oportunidad de tener un futuro, y eso, en este momento de su vida, no tenía precio. Se fue a su nave y se puso a detallar lo que había oído. Le estaba ofreciendo un trabajo fijo, bien pagado y la posibilidad de estudiar, aunque no habían concretado las horas de trabajo y cómo se distribuirían. Ahora, pensó, era cierto que había iniciado el camino; ahora podía ahorrar, podía soñar con ser alguien en la vida, con volver un día a su pueblo, llevándoles a sus padres algunas de las cosas que siempre desearon, y ayudarlos si lo necesitaban, sobre todo en la vejez, cuando el cuerpo cede al empuje de los años y las fuerzas declinan, como si empezaran a rendir culto al prolongado descanso que se avecina. Podría proporcionarles comida y calor, que era el sueño de tantos labriegos castellanos. Y si se sacrificaba estudiando, se sentirían orgullosos, viéndolo llegar bien vestido, culto, con prestancia, sin nada que envidiar a los considerados «señores» por sus antiguos vecinos.
Se durmió tarde, calculaba sus ahorros a cinco años, y a diez, sin poder creerse que se pudiera tener tanto dinero. En su inocencia, le inquietaba la fortaleza del banco que se los guardara, lo duro que sería volver a empezar, si acaso quebrara. Y probablemente soñó, aunque cuando la ventura está llegando a la vida, los sueños raramente acompañan.
Como siempre, se levantó temprano, pero no era capaz de admirar la belleza que había contemplado días antes. Su mente iba y venía. Se fue a las cuadras, para ver si podía ayudar en algo, como una forma de que se supiera que, aún sin obligación, siempre estaba dispuesto a trabajar. Esperaba impaciente al patrón, que a media mañana finalmente lo llamó.
—¿Qué has pensado? —le preguntó.
Clemente, antes de contestar, hizo una pregunta:
—¿Cómo distribuiríamos las horas de trabajo para poder estudiar?
A lo que el patrón, encogiéndose de hombros, le dijo:
—Tú verás cómo te organizas, pero creo que puedes levantarte como siempre, arreglas el ganado, haces el trabajo que te indique el capataz (a los pocos días, ya no necesitarás que te lo indique) y a las ocho y media, más o menos, tienes que estar listo para irte al colegio, que, supongo, empieza a las nueve. Si te basta con levantarte a las siete, en invierno, lo haces, si no te basta, tendrás que levantarte antes, porque cuando te vayas el trabajo tiene que estar hecho. Las clases terminan a la una, así que volverás sobre las dos, comes, estudias si no hay trabajo urgente, y a la tarde hay que ordeñar, etc., etc. y si después tienes que estudiar más, lo haces, pero tienes que pensar dos cosas. Una, que nada se consigue sin sacrificio. Y otra, que (aunque, como es lógico, tienes total libertad) a las diez te conviene irte a dormir....

Continuará en "Alaró, domingo"

 

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