La Danza de las Musas XVI

SUZANNE I                                 

Aquellas continuamente ponían de manifiesto sus sufrimientos, terminados con rapidez, para volver a pasar las mismas tragedias, que las llevaban al borde de la falsa desesperación en la que cae la juventud cuando sufre alguna desilusión. Era una magnífica estudiante, al contrario que su hermana, que, al decir de su padre, lo que hizo, más que una carrera, fue un largo y costoso paseo. A los dieciséis años era ya una joven esbelta y de facciones dulces y regulares. Cara un tanto ovalada, con un pequeño hoyo en la mandíbula, y ojos grandes y verdes. Medía casi un metro ochenta y no pesaba más de sesenta kilos. De carácter tranquilo, muy simpática con las personas que conocía, pero poco cordial con los jóvenes de más edad —por muy buena presencia que tuvieran o por muy populares que fueran en la comunidad estudiantil—, que continuamente intentaban acercarse buscando su amistad e invitándola a salir. Esta postura le había dado fama de fría y altiva, y, alguna vez, le había creado problemas con jóvenes presuntuosos, que no aceptaban sus firmes rechazos. Formaba parte de un grupo de jóvenes de ambos sexos, con los que se comportaba como una más, bien haciendo excursiones, acudiendo al cine o a bailes estudiantiles. No se perdía un baile, y, salvo raras excepciones, nunca rechazaba a un compañero, pero no salía con nadie a solas. En casa hablaba español, excepto con su madre, con la que siempre lo hacía en francés. Había estudiado como segundo idioma el inglés, y pasado dos veranos en un internado en Londres, lo que le permitía hablarlo con fluidez. En el pueblo, las casamenteras, que nunca faltan, la consideraban, aunque todavía joven, uno de los mejores partidos y, en la relación belleza-dinero, el mejor.

A los pocos días de incorporarse Clemente a su trabajo, volvieron de París la madre y la hija. Debían haberse equipado en aquella ciudad de la luz y, con razón, de la moda, porque llegaban con unas prendas un tanto raras en el ambiente de la finca, que debían proceder de algún modisto famoso. Clemente, cuando bajó el equipaje del coche y lo subió a la casa, quedó fascinado con el señorío y perfume de la madre, y la belleza de la hija, que seguía intimidándolo.
La tarde y la noche pasaron con total normalidad, pero a la mañana siguiente la casa empezó a moverse. Se oía a la señora dar órdenes, empezaron a llegar provisiones, que Clemente instaló en los lugares que le iba indicando el ama de llaves. Llegaron también muebles, usados, que dos hombres instalaron en una de las habitaciones del edificio donde vivían los encargados, y alguno de los obreros fijos. Oía hablar, continuamente, a la madre y a la hija, y, en un momento, pareció que estaban discutiendo, aunque Clemente no entendió nada. Al poco tiempo, Suzanne salió camino de la carretera general en su coche. Aparcaron frente a la bodega unos señores con maletas, que le pidieron a Clemente que colocara en una de las mesas que estaban en el centro del lagar. Al parecer, uno de ellos era el enólogo, quien sacó de una de las alacenas unas vasijas de cristal, que limpió con verdadero esmero. Al patrón, que acababa de llegar en el coche, el chofer le entregó una cartera, y se unió a las personas que estaban en el lagar, saludándolos alegremente, pues al parecer se conocían, y le indicó a Clemente que llamara a su hija.
—La he visto que salía en el coche —le contestó él.
El patrón hizo un gesto de contrariedad y le encargó que, cuando la viera volver, le dijera que tenía que hablar urgentemente con ella. Y, a media voz, como para sí mismo, le dijo:
—Mañana tiene que ocuparse de lo tuyo. Por cierto, tienes que hablar con el ama de llaves.

 Sigue en "Alaró domingo"

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