La Danza de las Musas

El Contrato I                                   

Como era su costumbre, Clemente ya estaba levantado antes de que clareara el día; nervioso, por no saber el sentido de la conversación que tendría con el patrón, y por la idea de que se quedaba solo en aquella nave, ahora un tanto desvencijada. Mientras esperaba, salió a dar un paseo y no pudo menos que contemplar aquel campo, conocido solo de paso —y siempre cuando había oscurecido— en la ida o a la vuelta del viñedo, en el pasado tiempo de la vendimia. Aquel amanecer, flotando sobre la esperanza, recorría con la mirada las copas de los árboles, creyendo sentir que las flores expandían un nuevo perfume. El campo se coloreaba con los matices de una iluminación brillante. El romero expandía su característico perfume y las naranjas, a contraluz, parecía que estaban pegadas a las ramas. Descubrió unos rosales, de tonalidades difusas, que trepaban por una de las ventanas de la casa. Acabarían, sin duda, siendo rojas, con aquel rojo vivo que recordaba, sosteniendo pequeñas gotas, después de la lluvia de primavera. Estaba pasando el sopor del verano, y la mañana aparecía fresca y agradable. Paseaba con el cansancio que produce la duda.

No tardó en agilizar el paso, porque el ejercicio parecía que lo ayudaba a mitigar la inquietud que le producían las próximas novedades. A ratos, sentía que la ansiedad le agarrotaba el alma y, para poder respirar, liberaba el pensamiento, dejándolo caminar hasta las montañas que creaban esperanzadas corrientes, sobre las que volaban las aves nacidas en los mundos del subconsciente. No estaba seguro de que los nuevos caminos que la vida había abierto recorrieran la estela del pensamiento que deseaba. ¿Qué sería de los días venideros, bruñido espejo del miedo ilusionado? ¿Qué sería de los ideales que se forman en la mente esperando el porvenir? ¿Qué sería de su otro yo, el nacido del choque con su nueva vida, aún desconocida? Los pájaros, se movían diligentes por el campo. Vestidos con sus respectivos colores, eran distintos de los que lanzaban gorjeos en sus amaneceres castellanos y a los que ahora su pensamiento acariciaba con el placer amargo de la melancolía. Llevaban entre sus picos las hojas secas con las que tenían que fabricar sus nidos. Ponían el ramaje y volvían a volar para, de nuevo, volver a recubrir la tarea realizada por la pareja.

La marcha de sus compañeros se produjo cuando la mañana caminaba. El sol había intensificado los colores y la actividad de la naturaleza. Los pájaros habían terminado su obra de arte sobre las vigas de la barbacoa. Habían formado un nido de apariencia perfecta. Las hojas las habían acondicionado de tal forma que la parte exterior mostraba pequeñas roquillas que disimulaban su trabazón. Cada miembro de la pareja hacia su turno. Después de que el anterior había abandonado el nido, el otro se posaba en una parra colgada de la pared del garaje; se subía al tejado de la barbacoa, volaba de nuevo hasta la parra, escudriñaba el movimiento que podría haber sobre el nido y, si todo estaba tranquilo, tomaba el relevo.

Sigue el próximo  "Alaró-Domingo"

 

ALARO
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Casa Montaña
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