La Danza de las Musas

III.- Clemente                                   

Al día siguiente, en que empezaba la vendimia, había que levantarse, como hacía su madre, al canto del gallo, para estar en la viña, al clarear el día, que, en aquellas tierras y en ese tiempo, eran algo más de las seis de la mañana. Clemente fue el primero en levantarse. La inquietud le había impedido dormir de forma continua. Cuando  la campana llamó al trabajo, Clemente ya estaba completamente preparado. Desconocía la pereza, sobre todo en los momentos en que debía demostrar que era un buen trabajador, que se ganaría, sobradamente, el salario que le dieran.

Había llegado a un acuerdo con Ernestina, consistente en colaborar, con dos tercios, en los gastos de la comida, además del importe de dos horas de salario, una cada uno, que le pagarían a Ernestina, por el tiempo que dedicara a preparar la pitanza del día. Desayunó con Genaro unos trozos de chorizo frito, que ya estaban en la mesa cuando llegaron,  con unos rescaños del pan, que se amasaba en la propia finca. Cuando iban a coger la camioneta que les llevaría al tajo, Ernestina les entregó la  fiambrera con unos torreznos de tocino, lomo de cerdo rebozado, una manzana y una botella de agua, despidiéndose hasta la tarde, porque, cada uno de los tres, trabajaba en sitios distintos.

Clemente formó parte de un grupo de diez personas, con un capataz francés, que era empleado fijo de la  finca. Les dieron un capazo de esparto y  unas tijeras de podar. Empezó, al igual que los demás, al principio de una hilera de cepas.  Cuando los cestos estaban llenos de uva, los llevaban hasta el camión, donde dos hombres los recogían, devolvían el cestillo al vendimiador, y cuando el camión estaba lleno, transportaban la uva al lagar. Se trabajaba con una gran alegría, sobre todo las mujeres, que, continuamente, cantaban, y hacían comentarios, que se recibían con sonoras risotadas, sobre todo las subidas de tono, referidas al sexo contrario. A las once pararon media hora para almorzar; a las dos, hicieron una parada de hora y media, que utilizaron para comer, y dormir, un poco,  la siesta, al cobijo de las ramas, casi secas, de las vides, que servían para protegerse de aquel sol abrasador, que, a veces, obligaba a las   nubes a desaparecer del firmamento. Las primeras horas, los diez fueron al unísono, pero a partir de la media tarde, Clemente empezó a destacarse, sin que los demás pudieran seguir su ritmo de trabajo, hasta tal punto, que el capataz fue varias veces  a comprobar, que las cepas estaban limpias de uva, agradándole la buena realización del trabajo y el magnífico rendimiento. Aún así, el día, no resultó demasiado pesado. Las cepas estaban arregladas de forma que se le habían quitado las ramas, de la parte más baja, lo que permitía el corte de las uvas sin tener que agacharse en exceso.  Septiembre, en aquellas tierras, a pesar del calor del día, empezaba a refrescar al atardecer, lo que hacía el trabajo mucho más llevadero. Era, para Clemente, un día normal de trabajo, prácticamente igual, que cuando lo hacía en su pueblo, sin el agravante de tener que cuidar el huerto, o dar de comer a los animales. Muchas tardes, cuando se ponía el sol, aparecían sobre el horizonte, enormes nubes rojas, que los que presumían de entendidos, decían, que era presagio de viento. Normalmente, era el momento de recoger los aperos, dejándolos debajo de la última cepa, en la que habían trabajado. En ese momento era cuando más resaltaba, la diferencia que existía entre la labor de Clemente, y del resto de la cuadrilla. Volvían, - muchos de ellos cantando cosas de su tierra-,  a las casas, en los mismos camiones que los habían llevado. Paraban en los dormitorios, dónde se duchaban, dejaban la ropa de trabajo, y, poniéndose ropa cómoda se iban a cenar. Cuando llegó Clemente, Ernestina y Genaro ya habían llegado y estaban esperándole solos en una mesa. Había un ambiente de calma. El cansancio obligaba a que las conversaciones se produjeran en voz baja, excepto una de las mesas ocupadas por gente joven de ambos géneros, que reían a carcajadas. Las enormes cocinas se iban llenando de cocineros aficionados, objeto de bromas, por parte de la mujeres, que tenían mejor disposición para tal menester, aunque los jóvenes se reían, atacando con frases, referidas, generalmente, a los atributos físicos de sus compañeras, que, en general, no les producía rubor alguno, al contrario, reían haciendo graciosas ofertas, convencidas de que, allí, nadie podía aceptarlas, pero sin importarles que sospecharan  su disposición a llevarlas a término, si las circunstancias les fueran propicias. Ernestina preparó la cena para los tres, que devoraron sin mucha conversación.Cuando terminaron se unieron a la mesa de la juventud, que Genaro conocía de años anteriores. Les presentaron a Clemente, que soportó, con cierto nerviosismo,-nunca había estado en semejante situación,-  los requiebros que, a modo de bromas, le dirigieron alguna de las jóvenes de la reunión, que no cesaron, cuando lo vieron desorientado sin saber qué hacer con las manos, ni qué contestar a tales provocaciones, aquejado de  una timidez, por falta de práctica,  que no se correspondía con su carácter. Pero pronto entró en la conversación con la distensión propia de la juventud, y aunque no estuviera muy ducho en tales tertulias, las suaves indirectas de sus comentarios, obligó a que alguna de las bromistas, rehuyera darse  por aludida, cambiando la conversación. La reunión duró muy poco tiempo, dado lo temprano que volvería a cantar el gallo. Antes de volver a la habitación, Clemente, según su costumbre, se sentó a contemplar aquel cielo, que era como el suyo, a pesar de las distancia, evocando aquellas noches de dulce calma, apoyado en el frondoso árbol de su casa, lanzando su imaginación, sobre tiempos futuros, que, sin duda,   habían empezado a llegar. Tuvo que volver a la realidad,  porque, Juana,  una de las jóvenes tertulianas, al parecer, había creído que las indirectas podían materializarse, y Clemente que había ido a trabajar y ahorrar, le producía un enorme resquemor, aceptar la oferta, porque  no creía que, al menos de momento, tuviera que  iniciar relaciones tempranas, ilógicas y desconocidas, -la libertad, en su pueblo, no llegaba a tanto,- que  le limitarían o, tal vez, le privarían de conocer, tanto a  las personas que, habitualmente, se desplazaban para realizar esta clase de trabajo temporal, como a la organización de la finca en que se encontraba, que, con seguridad, no las considerarían adecuadas, y le harían, recién llegado, encontrarse en una situación muy incómoda. La  semana fue pasando sin muchas novedades. El viernes, antes  de terminar el trabajo, el capataz español que lo había recibido, se presentó en el tajo, acompañado del capataz de su grupo.—¿Cómo te va? le preguntó, y sin dejarle responder, mientras iba revisando las dos últimas cepas vendimiadas, le dijo: Me han dicho que haces un buen trabajo y que te cunde. Clemente, algo cohibido, dijo en voz baja,—Algunos compañeros me miran  mal, pero no quiero trabajar  más despacio, en perjuicio de quién me paga. No estoy acostumbrado a robar a nadie, como no quiero que me roben a mí, ni puedo quedar mal con quién me recomendó. Procuro ser un hombre serio, porque, creo,  que es el mejor negocio. Además, era más duro cuando trabajaba con mi padre, pues tenía que seguirlo, y, pueden creer que había  que moverse y pasar su inspección, porque, caso contrario, se oían las voces en todo el campo.—Me alegro de verte, Clemente, ya hablaremos, y, ambos se marcharon. Cuando le entregaron el sobre con  el salario de la semana, encontró una nota, con un billete que decía: Nosotros, tampoco somos ladrones., lo que le llenó de satisfacción, tanto por el dinero que le venía muy bien, como por el reconocimiento al trabajo que realizaba.

 

Sigue el próximo  "Alaró-Domingo"

 

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