La Danza de las Musas

I

VI.- Clemente                                   

Una noche, de esas en que la luna ilumina el campo, de forma que la oscuridad apenas encuentra cobijo en las cepas, caminando hacia el lecho de hojas tantas veces utilizado, colgada Juana de su brazo, Clemente creyó ver a Suzanne sobre la pared que cerraba su explanada, en postura de tranquila meditación. No sabía el motivo, pero le molestaba que pudiera saber de sus desplazamientos nocturnos con una compañera, tan bullanguera como conocida por su desparpajo, cuando conversaba con sus compañeros durante las cenas. Teniendo la cabeza enfangada en otros deseos, enseguida se olvidó de aquella preocupación. Pero cuando volvía solo, revuelto el pelo por el trajín realizado, cubierto de tierra y hojas, los ojos brillantes, casi cerrados por la hinchazón de los párpados, arrastrando los pies para evitar el esfuerzo de caminar erguido, sin haberla visto, se encontró de frente con Suzanne, a quien le vio la cara de sorpresa y, antes de que pudiera decirle nada, ella, como en un susurro, dijo simplemente: «Buenas noches», y siguió caminando. Clemente tardó en dormirse, con una sensación de angustia que nunca había sentido y a la que no le encontraba explicación.

Las relaciones de Clemente con el patrón eran normales. No habían vuelto a hablar desde la reunión anterior, pero cuando se cruzaban en las tareas diarias, nunca dejaba de saludarlo y de interesarse por su salud y bienestar en el trabajo. Aparte del saludo y su interés personal, a veces, ante la extrañeza del resto del personal, y sobre todo de los capataces, si Clemente, al terminar el trabajo, pasaba, lo hacía sentar con él a la puerta de la casa, donde descansaba, invitándolo a que lo acompañara a tomar una cerveza. La conversación giraba alrededor de las labores que estaban realizando. Le preguntaba por la marcha de la finca, por la consideración que le producía el producto que recogían, por la opinión que le merecía la forma de trabajar. Al principio, Clemente se sentía bastante cohibido y contestaba con monosílabos, en parte por respeto hacia quien le preguntaba, en parte porque no quería opinar sin tener la certeza de que su valoración podría defenderla. Al paso del tiempo, la confianza empezó a influir en la conversación y Clemente empezó a mostrarse como era. Parco en palabras, la voz templada, el tono bajo, serio en las expresiones y ponderado en los criterios. Daba su opinión sobre las cepas, sobre las uvas, sobre los animales, sobre las cuadras, sobre cualquier cosa de la que tuviera la experiencia de su casa. Exponía, con total sinceridad, lo que creía bueno para los trabajadores, a fin de que pudiera aumentarse la productividad. La discrepancia crítica la exponía de forma clara y directa, sin circunloquios ni ambages, argumentando su razonamiento, y, si de la conversación llegaba al convencimiento de que estaba equivocado, lo aceptaba con tranquilidad, mostrando su satisfacción por haber salido del error, sin la menor alabanza inadecuada, sin la menor sumisión. Eran dos personas, con diferencia de edad y de experiencia, hablando de lo que sabían sin dobleces. Aunque a veces al propietario tales opiniones le parecían algo pueriles, le gustaba escucharlo, seguramente porque no estaba acostumbrado a que un empleado, y menos un gañán, le dijera lo que pensaba con total lealtad.

Sigue el próximo  "Alaró-Domingo"

 

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