Escritos en Alaró

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En el Recuerdo-Sardanas

    Hoy, domingo de Resurrección, desde este Alaró, cumpliendo tantos años, y tan rápidos, como nunca lo creí, limitadas mis facultades físicas, mi vida campea por los parajes que la imaginación me ofrece, terminando siempre en el recuerdo. Pero los recuerdos tienen algo de desoladores, porque, con tus conocimientos actuales, aquellos actos tendrían otro desarrollo, y, eso, produce cierta nostalgia, ciertas añoranzas, cierta melancolía.

El día ha nacido en Alaró con un espléndido sol primaveral, iluminando la sierra de Tramontana, que tengo a la vista; leves nubes blancas navegan por el vacío de un infinito azul, que ocupa los desconocidos espacios del universo, y mi mente sobrevuela sobre sus propios caminos.    

         Y con tales pensamientos, vuelven a la mente, mis domingos, desayunando, hace ya muchos años, en el bar del Paseo Marítimo, cuando la calma resguardaba el balanceo de los barcos con parecido clima primaveral, y, sobre los jardines, se bailaban Sardanas. Las oí, y las ví, por primera vez, en Barcelona, en la Plaza de San Jaime, en Marzo de 1.956,   después de pasar por la Catedral, donde, por cierto, se celebraba una misa en catalán.

         Formando un círculo, las manos unidas, apuñadas y levantadas al cielo, ampliándose el corro, libremente, a quién deseara unirse, más que un baile era un ritual de belleza y armonía. La tenora, con su vibrante empuje, destacaba entre los compases que marcaban el ritmo de los danzantes, quienes, con medidos pasos, obligaban a la rueda a desplazarse, en uno u otro sentido.    

         La Sardana es, en la primavera, el sarpullido armónico; el acompasado sol del verano; la suave danza de los otoños, desparramando sus notas en apacibles atardeceres; la dulce cadencia, en los fríos inviernos. La Sardana, nunca es el rojo inquieto del pasodoble, ni la belleza del vals. Es el rosáceo reto de los pueblos, que trenzan sus pasos, hacia los llanos activos de su diario quehacer, hacia sus fértiles campos de esperanza.

         La Sardana, es el musical poema de la vida, de aquellos que unen sus manos, sabiendo, que los pies caminan en suaves vaivenes, hacia el alba de la ilusión.   Y las levantan, juntas, en respetuosa súplica, para que el cielo bendiga la armonía de la danza y del pueblo que la practica.

         Lastima que unos políticos corruptos, estén rompiendo ese circulo festivo de hermandad, encerrando la cultura y empuje de la juventud, en una cárcel que llaman independencia, impidiendo que el corro se abra a cualquiera que desee participar, quebrantando, así, la bella armonía de la sardana.

 

  

 

 

 

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