Para los niños que el 6 de enero reciben sus regalos es fácil imaginar a los reyes, por su munificencia, y magos, por su capacidad de atender a todos en una sola noche, pero para la historia, estos tres viajeros llegados del Oriente son uno de los mayores enigmas de la tradición cristiana.
"Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: '¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle'". Así comienza el relato de San Mateo sobre la adoración de los magos, único de los evangelistas canónicos que trata el tema.

En los llamados Evangelios Apócrifos aparece en cambio muchas veces, algunas amplificadas hasta lo inverosímil, como en el Evangelio Armenio de la Infancia, que habla de 12.000 soldados de caballería acompañando a los reyes.
De todos modos hay que tener en cuenta que todos los relatos sobre el nacimiento y los primeros años de Jesús, fueron recreaciones posteriores, fuertemente influidos por mitos y tradiciones orientales, las más, anteriores al propio Cristo. La propia palabra mago es de origen persa, y tiene más bien el significado de sabio. Los magos constituían en Persia una poderosa casta sacerdotal. Eran respetados por sus conocimientos religiosos y astrológicos, se ocupaban de educar a los príncipes y aconsejar a los reyes.
Tertuliano, un teólogo y Padre de la Iglesia, escribió hacia fines del siglo II que "en Oriente los magos eran considerados como reyes". Ese primer reconocimiento del carácter real de los magos, pudo haber querido hacer justicia, al salmo que profetizaba que "todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las naciones".
En esta misma línea de interpretación, ya hacia el siglo VII, en las iglesias de Occidente, se había dado nombre a los tres reyes, y se les asignaba además la representación de un pueblo o un continente. Así, Baltasar corporizaba a Arabia o Africa, Melchor a Persia o Europa, Gaspar a la India o Asia.
La celebración el 6 de enero de la Epifanía o manifestación de Jesús ante los gentiles en la persona de sus reales visitantes, nació en Oriente, es una de las más firmes y sostenidas de la tradición cristiana, es tomada como tal por Constantino cuando trata de unificar los rituales del este y el oeste, y así llega hasta nuestros días.
Tiene su origen en el siglo II entre los cristianos de Egipto y, como muchas otras celebraciones, se apoya en una antigua festividad solar pagana coincidente con el desbordamiento del río Nilo. Resulta llamativa la confluencia de cultos solares precristianos, de raíz oriental hacia la figura de Jesús.

En el Evangelio Arabe de la Infancia, otro de los Apócrifos, los magos dan así la noticia: "Ha nacido el rey de los reyes, el dios de los dioses, la luz emanada de la luz". En Occidente, la fiesta del 25 de diciembre en favor de la deidad indopersa Mitra, fue uno de los apoyos para fijar en ella la Navidad. Mitra era una deidad solar, luminosa, y en su nacimiento recibió tres regalos: oro, incienso, y mirra, los mismos que según Mateo aportaron los magos para honrar a Jesús. En la simbología oriental el oro representaba la realeza del recién nacido, el incienso su condición de sacerdote supremo, y la mirra su potestad de profeta.
¿Y cuál fue la estrella que condujo a estos magos hasta Belén? En primer lugar hay que recordar que hacia la época en que se produjo el nacimiento de Jesús, varias tradiciones de distinto origen --en Oriente, en Grecia, en Roma-- habían coincidido en el vaticinio de que un niño dios iba a nacer para salvar y redimir a los hombres. Algunas de esas profecías mencionaban que una estrella particularmente brillante señalaría al enviado. Si los magos eran tan versados en asuntos religiosos como dice la historia, no habrían de ignorar esos anuncios. Y una conjunción estelar que según algunos se produjo hacia el año 7 antes de nuestra era (probable fecha real del nacimiento de Jesús) pudo haberles provisto, con su luminosidad multiplicada, la señal que estaban aguardando.
Si para los historiadores, la entidad real de estos reyes fue siempre un problema, para los niños que, por generaciones, recibieron sus visitas no lo fue menos. "Los Reyes son los padres" parecía ser el conocimiento que marcaba la salida de la infancia, después de años de dudas y conversaciones en voz baja con los amigos.

Pero todo conocimiento implica pérdida de la inocencia. Alcanzado ese saber, los enterados, los que manifestaron conocer tal misterio, tuvieron que recurrir a los padres, para recibir sus regalos, mientras que los Reyes, siguieron visitando, generosamente, a quienes seguían creyendo en la realidad de su magia.

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